Los Efectos Fisiológicos De La Bondad

La bondad ha sido celebrada de mil maneras; los educadores la han erigido como guía de todos nuestros actos; los poetas la han glorificado como un sentimiento divino; los filósofos la han hecho un mandamiento categórico; pero muy pocos, con deliberado intento, han estudiado sus efectos fisiológicos, aunque todos los pensadores, desde los más modestos hasta los más grandes, están penetrados de ellos.

La frase de Sócrates: «Ningún mal puede suceder al hombre bueno», debe entenderse en su sentido más amplio, tanto moral como físico. No es figura de retórica el decir que todo hombre bueno está por encima del mal, pero si es una verdad científica, ya vagamente comprendida por la sabiduría popular, y que solo un escéptico sistemático puede negar.

La bondad es un resultado de la evolución por la defensa de nuestro organismo; el hombre social, se volvió «bueno» para triunfar en la lucha por la vida. Esta afirmación puede parecer a primera vista, de un optimismo paradójico, pero la observación y el raciocinio nos demuestran con toda evidencia su verdad.

Esta observación la hace instintivamente el pueblo, quien está siempre inclinado a una desconfianza, mal disimulada, hacia las personas malsanas, porque las cree más bien propensas a actos viles que a actos generosos, y por el contrario, se entrega con una confianza sin limites a aquella en cuya cara florecen alegremente las señales de la buena salud.

Un hombre sano nos parece bueno por el solo hecho de que es sano, y el movimiento que nos impulsa hacia él, es una simpatía que pocas veces engaña, porque es el resultado de millones y millones de experimentos llevados a cabo por la muchedumbre en el curso de los siglos.

Como veremos más tarde, la intuición popular queda corroborada y confirmada por los experimentos científicos.

Uno de los primeros fundadores de la psicoterapia (el barón Feuschsterleben) comprendió y estudió el vinculo indisoluble que liga a la virtud con la salud, y cómo la primera es el camino más seguro y más fácil para conducir hasta la segunda.

Las internas vibraciones contienen venenos que matan al cuerpo, así como frutos benéficos que lo conservan y curan. La hermosura no es, en cierto sentido, más que la señal de la salud, porque la armonía en las funciones se manifiesta por la armonía en las formas; por consiguiente, si la virtud embellece, si el vicio es causa de fealdad, ¿Podría negarse que aquella conserve la salud, y que ésta la altere?

La naturaleza es un tribunal secreto; su jurisdicción paciente e inesperada no deja escapar nada.

Sus decretos soberanos, eternos, como todo lo que emana del Principio Primordial, produce sobre las generaciones sus efectos inevitables, y el biznieto que medita desesperado sobre el misterio de sus sufrimientos, puede encontrar la causa física de éstos en los excesos de sus antepasados. El antiguo adagio: «Al culpable es debido castigo», encuentra su aplicación no solo desde el punto de vista físico.

Las enfermedades de la generación actual, tienen su origen en causas de orden físico y moral; para evitarlas y extirparlas, el remedio no consiste solamente en aquella educación material, como es el de enseñar a esta raza a llevar una vida más en armonía con la naturaleza, no fumando, no ingiriendo alcohol, y no consumiendo excesivamente su naturaleza con los abusos genésicos; sino que también se debe dar a la raza una educación de orden más elevado en el sentido moral, extirpando el odio, la envidia, las ambiciones, y los celos que destruyen, desequilibrando la parte armoniosa de nuestro ser interior.

A menudo se ha reprochado a los médicos, y a veces con razón, el ser materialistas exclusivos, y de no ver en el hombre más que un compuesto de huesos, de cartílagos, de vísceras y membranas puestas en movimiento por el oxígeno del aire y por la sangre. Esta acusación no se encuentra en contra de nuestra teoría. No contradecimos al moralista y al psicólogo al demostrar el acuerdo entre la virtud y la salud.

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