La madre de mi esposa falleció en 2003 de cáncer. Después del funeral, la familia y los amigos se reunieron en su casa para una celebración final de su vida. La reunión se prolongó hasta altas horas de la noche. Mi hijo, que tenía tres años, necesitaba ir a la cama en ese momento.

Subí con él por las escaleras hasta donde dormía. La habitación en la que mi suegra falleció estaba arriba, y justo al final del pasillo al llegar a la cima del rellano. Mi hijo y yo subimos juntos, con yo tomándole la mano. Cuando casi llegamos a la cima de las escaleras, mi hijo se detuvo y no se movió… en el punto que podía ver por el pasillo. Estaba mirando directamente al final del pasillo.

Lo miré y luego bajé por el pasillo hasta una puerta abierta a un dormitorio completamente oscuro. Sólo miró fijamente, y no se movió más. Le pregunté: «Amigo, ¿estás bien?» Su respuesta fue…. «Papá. La luz. La luz me asusta». Volví a mirar por el pasillo donde él estaba mirando hacia la oscuridad. «Amigo, ¿ves una luz?» «Sí, papá. Me asusta.»

Inmediatamente lo recogí y volví a bajar. Hasta el día de hoy, los pelos siguen en la nuca cuando pienso en ello.